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La procesión del Corpus Christi no es un signo de orgullo sino una invitación, dice el Papa

Pope Francis raises the Eucharist in a monstrance during Eucharistic Benediction at the end of a Corpus Christi procession outside the Basilica of St. Mary Major in Rome June 2, 2024, the feast of the Body and Blood of the Lord. (CNS photo/Lola Gomez)

ROMA (CNS) — Cuando los católicos llevan la Eucaristía por las calles, “no lo hacemos para exhibirnos, ni tampoco para ostentar nuestra fe”, sino para invitar a otros a compartir la vida que Jesús da haciéndose don, dijo el Papa Francisco.

“Hagamos la procesión con este espíritu”, dijo el Papa el 2 de junio en su homilía en una Misa por la fiesta en honor al Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El Papa Francisco presidió la Misa en la Basílica de San Juan de Letrán, su catedral como obispo de Roma. El cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, fue el celebrante principal en el altar.

Tras la Misa, más de 3.000 personas — cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, miembros de cofradías y congregaciones, romanos y peregrinos — participaron en la procesión del Corpus Christi hasta la basílica de Santa María la Mayor, a unos dos kilómetros de distancia.

El obispo auxiliar de Roma, Baldo Reina, llevó la Eucaristía bajo un palio sostenido por ocho hombres.

El Papa Francisco, que tiene dificultades para caminar y a menudo utiliza una silla de ruedas, fue conducido a Santa María la Mayor para dar la bienvenida a la procesión y dirigir la adoración y la bendición.

En su homilía de la Misa, el Papa Francisco dijo que la presencia real de Cristo en la Eucaristía demuestra que Dios “no es lejano, que no es celoso, sino cercano y solidario con el hombre; que no nos abandona, sino que nos busca, nos espera y nos acompaña; siempre, hasta el extremo de ponerse, indefenso, en nuestras manos”.

“Y esta presencia suya nos invita también a nosotros a hacernos próximos a nuestros hermanos allí donde el amor nos llama”, dijo el Papa.

El signo del pan es importante, dijo el Papa, porque “es el alimento de cada día, con el que llevamos al altar todo lo que somos y lo que tenemos: la vida, las acciones, los éxitos, y también los fracasos”.

En algunas culturas, dijo, si a alguien se le cae un trozo de pan de la mesa, lo recogen y lo besan como signo de que “es demasiado valioso como para ser desechado, aun después de haber caído al suelo”.

La Eucaristía enseña a los católicos “a bendecir, a recibir y a besar, siempre, en acción de gracias, los dones de Dios” no desperdiciando alimentos o talentos, por ejemplo, pero también “perdonando y levantando al que se equivoca y cae por debilidad o por error; porque todo es don y nada se puede perder, porque nadie puede quedarse tirado, y todos deben tener la posibilidad de volver a levantarse y retomar el camino”.

El Papa Francisco también habló de la fragancia del pan y de cómo, “Vemos cada día demasiadas calles, que quizás alguna vez estuvieron perfumadas por el olor a pan horneado, ser reducidas a montones de escombros a causa de la guerra, del egoísmo y de la indiferencia”

“Es urgente que el mundo recupere la fragancia buena y fresca del pan del amor, para seguir esperando y continuar reconstruyendo, sin cansarse nunca, aquello que el odio destruye”, dijo.

Durante el rezo del Ángelus con los visitantes reunidos bajo la lluvia en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco rezó por los países devastados por la guerra, donde encontrar el pan de cada día es un reto.

Rezó por Sudán, “donde la guerra que dura desde hace más de un año aún no ha encontrado una solución pacífica”.

“Y no olvidemos la atormentada Ucrania, Palestina, Israel (y) Myanmar”, dijo. “Hago un llamamiento a la sensatez de los gobernantes para que detengan la escalada y pongan todo su empeño en el diálogo y la negociación”.

En su discurso principal del Ángelus, llamó la atención sobre la descripción evangélica de Jesús partiendo el pan y compartiéndolo con sus discípulos.

“En el pan partido y en el cáliz ofrecido a los discípulos”, dijo el Papa, “es Él quien se entrega por toda la humanidad y se ofrece por la vida del mundo”.

Por eso, dijo, la participación en la Eucaristía “no es un acto de culto desvinculado de la vida o un mero momento de consuelo personal; debemos recordar siempre que Jesús tomó el pan, lo partió y se lo dio y, por tanto, la comunión con Él nos hace también capaces de convertirnos en pan partido para los demás, capaces de compartir lo que somos y lo que tenemos”.

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